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José Carlos García Fajardo
Por: José Carlos García Fajardo

La esperanza no es de futuro, sino de lo invisible. 

Se trata de una realidad, aunque no podamos verla todavía. Ya se nos irá revelando a medida que respondamos a su llamada. Los voluntarios sociales nunca son enviados, sino que, en cada instante, actualizan su voluntad de servicio porque se saben relacionados con la comunidad. Nunca aislados, sino en una soledad poblada. Transformar alone (solo) en all one (integrado) nos hace sentir mejor.

Muchas asociaciones humanitarias dirigieron sus generosos esfuerzos a remediar necesidades vitales: campos de refugiados, multitudes hambrientas y víctimas de las guerras. No sin causa, las ONG, como fenómeno sociológico, se generalizaron en las décadas de los setenta y de los ochenta. Más o menos como el consumo de la droga en dimensiones de fenómeno transnacional. Hasta mayo del 68 había un elemento libertario, apasionado por la justicia y de esperanza radiante: se podría cambiar el mundo mediante la revolución. Después, vino el silencio ensordecedor de la agresión consumista con la perversa música de fondo de los pseudo profetas neoliberales que, a piñón fijo, repetían el mantra “El mercado es libertad, los ricos serán cada vez más ricos y los pobres recibirán el reino de los cielos”. Los sucesivos Informes del PNUD no han dejado de ratificar el cumplimiento del siniestro augurio de Casandra desde 1991. {Por desgracia, el de este año ya registra la nefasta influencia de las grandes corporaciones que han prestado su ayuda al Secretario General de la ONU para equilibrar su presupuesto y, en lugar de denunciar las injusticias y proponer propuestas alternativas, se compromete con el todavía discutido tema de los transgénicos, para partir una lanza en su favor}.
Nunca antes en la historia se fabricaron tantas armas y se exportaron a los países miembros de los dos bloques y sobre todo a los pueblos empobrecidos del Sur. Se alimentaron guerras entre estos pueblos hasta la cifra contrastada de 34 al mismo tiempo para dirimir las zonas de poder de los grandes. Desde 1945, ninguna guerra tuvo lugar en los territorios de los países industrializados, del Norte sociológico. El atentado terrorista del 11 de septiembre que tuvo lugar en el corazón de Manhattan no puede considerarse una guerra, aunque algunos se empeñen en utilizar ese término en lugar de un auténtico conflicto que ha de acometerse con otros instrumentos y con otros medios que los de la guerra clásica. Se estima que, desde el final de la II guerra mundial, han perecido en acciones militares una media de tres mil personas diarias, la mayoría eran civiles. El holocausto de las víctimas de las minas antipersonales, así como las terribles consecuencias de las armas químicas, “ensayadas” en Vietnam y en otros lugares de pacificación forzada, sobrepasan las pesadillas más grandes mientras, en un mundo en paz oficial, más de 35 millones de personas visten uniformes militares y se arman hasta el extremo.
Con la caída del Muro de Berlín tuvimos derecho a esperar que los dividendos de la paz se invirtieran en mejorar las condiciones de vida de los más desfavorecidos para llevar a cabo una auténtica justicia social que siempre es más rentable que la guerra. No fue así: se ensancharon las fronteras de la OTAN para dar lugar a una nueva forma de deuda externa al equipar a esos nuevos miembros con los más sofisticados armamentos. Se cambió el artículo 5º de su Carta para ampliar sus responsabilidades y poder actuar en cualquier lugar del mundo como la policía que favoreciese la implantación del imperialismo del Norte sociológico. Ha regido el fundamentalismo del pensamiento único, el dogma de la productividad, la rentabilidad, el máximo beneficio para algunos individuos por encima de los valores personales. Margaret Thatcher había sentenciado “Ya no hay sociedad, sólo individuos”. El Estado nacional perdió atribuciones como instrumento de la sociedad y la Nueva Economía se impuso por encima de la política, convirtiendo al ser humano en consumidor, cuando no en objeto del mercado todopoderoso e indiscutible. Era el imperio del pensamiento único que, si es único, ya no es pensamiento; pero daba igual, se vendía seguridad en lugar de justicia social y, en su nombre, se violaron leyes, se conculcaron principios fundamentales y la Carta de las Naciones Unidas, así como la Declaración Universal de Derechos quedó relegada como se ha visto después del 11 de septiembre con el protagonismo militar y policial anglo norteamericano. Su paradigma fue La Ley Antiterrorista, firmada por el presidente Bush, que supuso un regreso en el camino de la libertad, de la justicia y del auténtico progreso que tiene como protagonista al ser humano y no a la empresa, ni a las bancas ni a los poderes financieros o militares. De ahí a hablar del “Choque de civilizaciones” teorizado por el imaginativo Huntington no había más que un paso. Y lo dieron, con los efectos espantosos a los que asistimos desde hace décadas.
Es bueno tener presente que, en 40 países del África subsahariana, por cada 12 uniformes militares, hay una bata blanca de sanitario, que no de médico. ¿No habrá llegado el momento de transformar las fábricas de armas en arsenales de arados y de podaderas? No afectaría al empleo, como no le afectó el final de la loca preparación para una confrontación nuclear que nunca tuvo lugar.
Al cabo de unos años, los responsables de las ONG serias comprendieron que la pobreza es material, pero la miseria es mental; una afecta al bolsillo la otra al corazón. Se preguntaron por las causas de la injusticia, de la explotación y de la miseria. Muchas han optado por los dos pilares de un auténtico desarrollo: la educación y la salud. Formación de los voluntarios sociales en función de los servicios en los que desempeñan sus tareas.  Una formación integral va más allá de una alfabetización o de unos conocimientos académicos y científicos, aunque los comprenda.
 
José Carlos García Fajardo
Profesor Emérito, U.C.M.