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José Carlos García Fajardo
Por: José Carlos García Fajardo

El limosnero de Tamerlán

A la mañana siguiente y mientras aderezaban unas plantas cogidas junto al río, el anciano prosiguió. 
- Nadie podía creer que el mulá fuera generoso, así que, cuando salía de la mezquita los viernes, y antes de regresar al palacio en dónde era huésped del emperador Tamerlán, le tendieron una trampa.
- ¡Las pillaría todas! - dijo Sergei.
- No creas - respondió el Maestro -. El mulá actuaba siempre con espontaneidad sin calcular las consecuencias de sus actos.
- Eso no parece muy religioso - dijo Sergei.
- ¿Quién ha dicho que Nasrudín, Joha, Afanti, Diógenes o Sancho fueran religiosos? El que fuera mulá no significaba más que pertenecía a una rama del Islam en la que se desenvolvía con gran libertad. Así, pues, al salir de la Gran Mezquita vio a un mendigo que le pedía limosna. "¡Ajajá! - le dijo elmulá -. Seguro que tú eres uno de esos golfantes que piden por no trabajar, como muchos pícaros transeúntes". 
- "Así es, mulá misericordioso".
- "Y seguro que bebes vino, te vas a los baños a que te den masajes y te acuestas con mujeres" 
- "¡Cómo lo has adivinado, mulá, clemente!" 
- "Claro, y seguro que ni compartes las limosnas con tu familia y hasta le pegas palos a tu mujer" 
- "Así es, santo varón, así es" - respondió el mendigo 
- "Bueno - dijo el mulá -, ¡toma para tus necesidades!". 
Y le dio un soberano de oro de la bolsa de limosnas que le confiara el emperador Tamerlán.
- ¡Menuda extravagancia! - exclamó Sergei que ya se relamía pensando en las posibilidades de esta filosofía.
- Pues bien - continuó el anciano mientras concluían el aliño -, más adelante se topó con otro mendigo que le imploró diciendo 
- "¡Ay, mulá, clemente y misericordioso, que socorres a los humildes! ¡Apiádate de mí que observo la ley divina: no bebo, no fumo, no juego en las tabernas ni gasto el dinero en lujurias asquerosas! ¡Tampoco golpeo a mi mujer y voy cada viernes a la mezquita!". El mulá lo escuchó circunspecto. Lo miró. Reflexionó ante la expectación de la concurrencia y le dio una moneda de un cobre. 
- "Pero, ¿cómo puede ser esto?" - exclamó el mendigo alzando los puños - "Al golfo que peca y no observa la ley, le das una moneda de oro y a mí que soy piadoso me das un cobre ¿es esto justo?" 
- "Tú ya estás satisfecho y a él le aguarda un largo camino" - respondió el mulá, que aparejó su asno y se dirigió al palacio de Tamerlán.
- ¡Guau! - no pudo reprimirse Sergei.