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José Carlos García Fajardo
Por: José Carlos García Fajardo

Desafío multiétnico 

La globalización no hay que entenderla sólo en su contexto económico, se trata de un proceso que condiciona nuestras vidas. Estamos ante una nueva civilización.

El modelo cultural era el American way of life, pero ahora se ha reemplazado por The new standard, en el que la homologación afecta a la opinión pública, como auto imagen que tenemos de nosotros, ya que nadie conoce su identidad sino la auto representación de la misma, pero las cifras son necesarias porque nosotros pagamos las cuentas.

     Rubens pintó durante su vida unos 30 autorretratos, quería seguir el proceso de la imagen que veía reflejada en el espejo. Rubens sabía bien que lo que veía en el espejo no era él sino sólo, y nada menos que, su imagen; que era lo que los demás veían. Pero a él le servía para contrastarla con su experiencia interior y en constante turbación.
     Nuestra imagen de la presunta realidad muta en función de nuestras ideas, miedos, fantasías, necesidades, soledad o inseguridad. Se pueden dominar las culturas, no el color de la piel. El mundo del Norte, viejo, rico, pequeño y blanco ha alcanzado el máximo poder, pero se ha agotado y el Sur joven, pobre, grande y de colores no conoce fronteras y ocupará el puesto que le corresponde.

     Ya lo han constatado muchos autores: No se trata de una invasión, sino de un proceso natural histórico, pero falta perspectiva para comprenderlo. Esa es la misión de los intelectuales, de los artistas y de los políticos, si supiéramos descifrar los signos de los tiempos...


     En el Norte se concentra la riqueza mientras se destruyen las sociedades tradicionales del Sur y aumenta la movilidad de sus poblaciones. El 75% de las inversiones se hacen en el norte y sólo el 8% en África adonde se exportan criterios de consumo occidentales.


    El problema es de la comunidad, que tiene derecho a defender su propia identidad respetando y aceptando las de los demás. Se acabó el concepto de conquista para civilizar a pueblo alguno, o para imponer un mono culturalismo caníbal que provoca desarraigo, alienación y desesperación.


     Los pensadores sensibles y conscientes afirman que los flujos migratorios que van a transformar el mundo no se pueden admitir en forma desordenada. La solidaridad con los inmigrantes es hacerles comprender que entran en una comunidad a la que deberán adaptarse, respetándola y aportando sus valiosos caudales culturales. 
    De ahí que sean necesarias políticas contractuales a largo plazo con los países de donde proceden, fomentar los contratos temporales e integrar a los que ya están aquí a través de la escuela, de la cultura y de la participación ciudadana. No se puede tratar a los inmigrantes sólo como mano de obra, porque suelen emigrar las personas mejor educadas, causando sangrías irreparables en sus países de origen. 
  En Francia hay unos 6.000 médicos argelinos que tramitan la convalidación de sus títulos mientras son necesarios en Argelia. De ricos países de la UE están pidiendo enfermeras, médicos, veterinarios y buenos técnicos, pero, una vez más por una palurda desconfianza congénita, a muchos jóvenes licenciados y doctorados les cuesta trasladarse a vivir y desarrollar su actividad profesional en Alemania, Francia, Gran Bretaña y en países escandinavos. 
    ¿Acaso no son oportunidades como trasladarse a vivir en cualquiera de las comunidades de la península ibérica? Hace décadas que sabemos de la utilidad de conocer bien otros idiomas, de utilizar tecnologías que sobrepasan fronteras. En estos momentos y vistos los datos ni uno sólo de los profesionales mejor formados que necesitan en otros países tienen “derecho” a estar en paro o en precario. Sacúdanse de una vez ese patrioterismo encogido y ábranse a los nuevos horizontes que tienen.

    Ya no podemos esperar más en nuestra relación con esas multitudes cuyos países hemos colonizado y esquilmado y con esas obsoletas ideas sobre la sexualidad y la procreación. No vale eso de que los niños los manda dios, o de que vienen con un pan debajo del brazo. Y que eso lo propaguen eunucos por no sé qué reino celestial, es de aurora boreal ¿A estas alturas? ¿acaso no ven que en los países en donde las mujeres tienen idéntico derecho al acceso a la formación y a los puestos de trabajo con los mismos salarios que los hombres no hay explosión demográfica?


     Los inmigrantes no son una mercancía. Son nuestro mejor mañana, con quienes tenemos que construir un futuro humano y habitable. Hay que pagar un tributo a las desigualdades del mundo, porque lo que cuenta no es lo étnico sino la participación en un proyecto común. Y este pasa por el control de la explosión demográfica, del reconocimiento de los derechos fundamentales para todos los seres humanos, de la sobriedad compartida, de la solidaridad y de la consciencia de que formamos parte de una realidad cósmica que nos supera. Pero que debemos tener en cuenta y ser coherentes con el respeto y adecuado cuidado de la naturaleza que nos rodea y del absurdo de intentar vivir fuera de nosotros mismos y en contra de otros seres igualmente solidarios. 

José Carlos García Fajardo

Profesor Emérito U.C.M.