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La revolución de la libertad

Nuestro país se puso al frente y fue el que les abrió el cauce a nuestros abuelos inmigrantes. En 1825, la Argentina esta­bleció definitivamente la libertad de cultos. Otro gran avance.

“Debemos enorgullecernos de nuestra Revolu­ción de Mayo por lo avanzada, por lo amplia y por lo humana. Y un aforismo final: ‘Las mayo­res rebeldías las protagonizaron hombres piado­sos’”.
Para José Narosky, el 25 de Mayo es una fecha his­tórica y quizá la más importante de nuestra identidad como Nación, no hay dudas.
El siguiente texto fue escrito por el poeta y escritor argentino, considerado el “rey del pensamiento cor­to”, y publicado por la agencia de Noticias Argentinas (NA). “Aunque no estoy seguro de que actualmente la gran mayoría de los argentinos comprenda qué se desató aquí, en estas tierras: una revolución.
Es decir, hace 208 años, un gru­po de patriotas empujó un proce­so revolucionario de alzamiento contra el poder constituido, con sed de libertad, de justicia, de su­presión de la esclavitud.
Esa revolución no fue un mo­vimiento intangible, sino que estaba encarnada en personas, seres humanos que a riesgo de su propia vida alzaron su voz para poner las bases de lo que hoy es nuestra identidad como Nación.
Los patriotas no son el bronce y el recuerdo de hoy. Fueron personas, seres humanos, hombres valientes y visionarios. Hay algunos aspectos de la Revolución de Mayo que quizá no figuraban en los libros que debi­mos leer o que quizás olvidamos.
Por ejemplo, que tres de los integrantes de la Prime­ra Junta Patria no habían nacido en los actuales límites de la República Argentina.
Cornelio Saavedra, presidente de esa Junta, nació en el Alto Perú, en un pueblo de la actual Bolivia.
Domingo Matheu y Juan Larrea eran españoles ori­ginarios de Cataluña.
Además, Larrea era el más joven de ese Primer Go­bierno Patrio.
Tenía 27 años. El mayor era Miguel de Azcuénaga, con 55. La edad promedio de los miembros de la Junta era de 43 años.
Belgrano tenía 39 y era abogado. Al cumplirse el primer año de la Revolución, el 25 de mayo de 1811, la Junta hizo erigir en Buenos Aires la pirámide que hoy ocupa el centro de la Plaza de Mayo, por entonces llamada “De la Victoria”, en homenaje al éxito de la re­sistencia criolla contra los ingleses.
Más sorprendente aún y menos conocido es que el mismo día en las ruinas indígenas de Tiahuanaco, en los confines del Alto Perú, Juan José Castelli y el ge­neral Antonio González Balcarce, al frente de su engrosado ejército victorioso, proclamaron la aboli­ción de los tributos a los indios y su emancipación, y también la de los esclavos.
Significaba en el Alto Perú emancipar al 80 por ciento de la población.
Al mismo tiempo, el ejército al mando de Manuel Belgrano cru­zaba Corrientes y al llegar a Apipé -donde hoy se levanta la represa binacional de Yacyretá-, antes de entrar en la provincia del Para­guay, lanzó una proclama dirigida a los indígenas:
- “La junta me manda restituir vuestros derechos de libertad, propiedad y seguridad”.
Y hubo otros hechos, quizá menos conocidos, pero que revelan la evolución y el humanismo inicial de nuestra revolución. En 1811 se consolida la libertad de prensa. En 1812, Bernardino Rivadavia, como se­cretario del Triunvirato, puso en marcha las primeras políticas de inmigración; y en 1813 se legisló la carta de ciudadanía para los españoles. Esta política de apertura y garantías es una marca distintiva del nuevo país en gestación e implicaba un sólido principio de respeto por las diferencias. En el Estatuto de 1815 ya están los derechos y garantías que llegan hasta nues­tros días.s