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José Carlos García Fajardo
Por: José Carlos García Fajardo

El aspirante

Un día en que Sergei preparaba unos alcorques cercanos a la puerta que los separaba del monasterio vio a un joven monje que le hacía señas. Sergei se acercó y cuando iba a preguntarle qué deseaba, ambos oyeron la voz templada del anciano que también estaba inclinado sobre un alcorque con la azada en la mano. “Dile que pase y que se siente en la terraza, y que vaya calentando agua para el té”. A Sergei no le gustaba nada que alguien entrase en “su” cocina, pero no dijo nada porque sabía que allí no se daba puntada sin hilo.

El aspirante a novicio, ni siquiera lo habían admitido entre ellos, había sido destinado a la cocina. Pero no hacía más que preguntarse si estaría en el camino correcto, cual sería el grado de su progreso, si no se abría equivocado de sendero.
Por eso, acudió y se postró a los pies del anciano y, después de besar sus sandalias, le preguntó conmovido:
- Dime, Venerable Maestro, ¿cómo podré estar seguro de haber escogido el auténtico camino hacia la libertad suprema?
El Maestro se inclinó lleno de dignidad hacia el aspirante y le musitó al oído:
- Mira, chaval, cuando realmente estés en la senda ya no te harás ese tipo de preguntas. Ahora, siéntate para compartir un poco de té y luego vete a ocuparte de tus tareas, y deja ya de atormentarte... y de atormentarnos.
Con el paso del tiempo, la comunidad no dejaba de preguntarse por el arcano secreto que el Maestro le había comunicado a aquel aspirante. La verdad es que todo iba mucho mejor en la cocina.