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Un acto de soberbia política

ECO quebró una costum­bre legislativa, que hace al espíritu republicano, a través de la cual se re­serva un espacio para la oposición en el cuerpo directivo de las cámaras.

Horacio Ricardo Colombi ya ocupa dos sillo­nes a la vez, todavía permanece en la pol­trona principal del Palacio Gubernativo y además el jueves se acomodó en una banca de la Legislatura provincial donde pasará a desempe­ñarse como senador desde el 10 de diciembre próxi­mo. El salto (simbólico) del Poder Ejecutivo al Poder Legislativo se dará de forma automática, apenas ter­mine de entregar los atributos del mando a su suce­sor (y pupilo político) Gustavo Adolfo Valdés pasará a revestir como legislador. Y así seguirá sumando años para su haber previsional como empleado público; ya lleva más de 30 años ininte­rrumpidos en distintos cargos electivos. El hombre se recibió de abogado, pero casi no ejerció, al final se terminó graduando como político y le va bien.

Como sea, independientemen­te de la realización o no del anhe­lo profesional de Colombi, resul­ta llamativo que estando todavía al frente del Ejecutivo ya se haya probado cómo le queda el sillón del Legislativo. Más curioso -y ciertamente preocupante- resul­ta el hecho de que con la llegada del Gobernador al Palacio de calle Salta, el oficialis­mo (es decir ECO) haya quebrado una inveterada cos­tumbre legislativa, que por otra parte hace al espíritu republicano, a través de la cual se reserva un espacio para la oposición en la conformación del cuerpo di­rectivo de las cámaras. Ayer, la sesión preparatorio de Diputados trajo esa novedad a escena. El oficialismo provincial, comandado por el radicalismo, acaparó to­dos los lugares de la Mesa Directiva, los repartió para sí y sus socios y dejó sin una pizca de poder interno a la oposición, encabezada por el justicialismo. Nunca antes había sucedido algo igual. Resulta extraño, qui­zás sea una señal de lo que viene.

Durante la sesión, que sirvió para que los 13 diputa­dos electos en octubre pasado asumieran en sus ban­cas, también se procedió a la conformación de la mesa de autoridades y allí llegaron las sorpresas. La primera votación se cumplió conforme lo que se preveía, nue­vamente volvieron a elegir a Pedro Gerardo “Perucho” Cassani para la presidencia del cuerpo; el dirigente de ELI lleva ya casi una década en el pedestal. Habla muy bien de él y no tanto del sistema. En esta votación se produjo una competencia que, en principio, no estaba en los pronósticos. La recién llegada Ana María Pereyra (liberal pura) se autopostuló a la Presidencia siguiendo un mandato partidario. Perdió por amplia mayoría: 29 a 1. No la votaron ni sus aliados del peronismo, lo que significa consenso para Cassani.

Lo extraño llegó luego, cuando hubo que elegir al vicepresidente segundo, el oficialismo propuso al también recién llegado Eduardo “Peteco” Vischi, mientras el justi­cialismo postuló a otro debutante, Diego Pellegrino. Any Pereyra vol­vió a probar suerte, el resultado fue: 19 Vischi, 10 Pellegrino, 1 Pe­reyra. Hasta allí todo transcurría dentro de un margen previsible y hasta la candidatura de Pellegrini podía ser entendida como una es­trategia, sin embargo, cuando hubo que designar el vicepresidente segundo, el radicalismo no dio un paso atrás y también se quedó con ese lugar que estaba reservado para María Eugenia Mancini, de estrecha relación con el Poder Ejecutivo. El peronismo postuló a Any Pereyra para la vice segunda y naufragó en el intento. El oficialismo se quedó con todo y rompió con una regla no escrita, pero que es parte invaluable de la convivencia civilizada en el seno legislativo. Una re­gla que se respetó siempre aun en los peores conflictos.

Algo tuvo que haber sucedido (o estaría por suce­der) para que el radicalismo, que se vanagloria de su honorabilidad republicana, cometa semejante atrope­llo. Por ahora sólo hay conjeturas. Lo concreto es que aquello que alguna vez fue una regla de oro pasó al olvido.s