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Las luces de la campaña

En dos años el hospital se transformó rápidamente en referencia nacional para la salud pediátrica. Impronta ésta que duró (pese a los recortes implementados por la coalición en 1999, la intervención cordobesa y la primera gestión de Ricardo Colombi) unos años más.

El estado del Hospital Pediátrico Juan Pablo II es delicado. Así de sencillo, claro y hasta casi dramático. Es que el principal nosocomio correntino destinado a la salud de los niños atraviesa complicaciones propias de la falta de idoneidad en la conducción.

El ataque de hongos, instalados en el sistema de refrigeración da una muestra ello. Por ese motivo varios pacientes fueron derivados al hospital Garrahan en Buenos Aires, por una situación que fue denunciada (y constatada por especialistas) ya hace casi un año. Esta realidad contrasta con la presencia mediática de las autoridades del Ministerio de Salud en los últimos días, mostrando arreglos en el portal de ingreso al hospital, con nuevas luces, de fuerte y furioso color verde oficial. Y además con promesas de mejoras en muchos aspectos, incluidos el sistema de refrigeración que causa múltiples inconvenientes en el sector de Oncología. Todo en un contexto de discurso en positivo, sin siquiera mencionar los inconvenientes y sus consecuencias. Y mucho menos sin mencionar autocríticas, de una gestión que hace más de una década promovió (por omisión, despecho y pequeñez) la destrucción de un ápice de la salud pediátrica en el país. Es que el Pediátrico se forjó con esa impronta: la salud de los niños correntinos era sostenida de manera precaria en el viejo hospital, ubicado atrás del Vidal, y la decisión política de dar un salto de calidad en la materia llevó, precisamente al establecimiento que fue orgullo correntino por varios años. Desde su concepción, allá por 1994, quedó en claro el principal objetivo del gobierno de ese entonces respecto a la salud, y la de los niños principalmente, ante la precariedad de un sistema que había colapsado. La primera impresión del entonces gobernador Tato Romero Feris fue la de reparar y ampliar el viejo hospital de niños, o bien construir uno nuevo con todos los avances tecnológicos, y que sea de referencia nacional. La segunda opción fue la elegida, y meses después de haber asumido se realizó la representación en una carpa ubicada en el descampado Norte del Hogar Escuela (intersección de las calles Suiza y Colombia). Allí se descubrió la piedra fundamental de esa obra. Tres años después, a los pocos días de dejar el sillón de Ferré, Romero Feris inauguró el hospital, el que se puso en funcionamiento pleno meses después, en 1998. En dos años el hospital se transformó rápidamente en referencia nacional para la salud pediátrica. Impronta ésta que duró (pese a los recortes implementados por la coalición en 1999, la intervención cordobesa y la primera gestión de Ricardo Colombi) unos años más. A veinte años de su inauguración poco queda de aquello, y es quizás la impronta de médicos y enfermeros lo que hace recordar esa primera etapa. Las decisiones tomadas (o aquellas que no) llevaron a una realidad triste y dolorosa, que como muestra tiene a los chicos del sector de Oncología sin la atención en el sector correspondiente por el ataque de una colonia de hongos en el sistema de aire acondicionado, el que seguramente se podría haber superado solamente con el mantenimiento adecuado de los equipos. Claro está, siempre en una institución de estas características, donde la salud de los niños está en juego, se necesita un plus: la vocación de servicio de quienes toman las decisiones. El ministro Cardozo anunció la instalación de las luces en el portal de acceso al hospital. Poca luminaria para un oscurantismo administrativo. s